Archive for diciembre, 2007

Concurso.

miércoles, diciembre 19th, 2007

Hola José Manuel… has conseguido dejarme en jaque unos minutos hasta dar con el lugar donde hiciste esta magnifica foto… se nota que conoces bien los caminos de villarejo.


Premio para el que lo adivine… no sé… unas bellotas que este año hay muchas y están muy ricas.

Saludos desde Villarejo.

Foto: José Manuel del Puerto Recuero.

Pasando el dí­a con el bisabuelo Julián y dando un paseo por el Rí­o.

domingo, diciembre 9th, 2007

Foto: José Manuel del Puerto Recuero.

San Ramón Nonato (1240)

sábado, diciembre 1st, 2007

Nació San Ramón en las alturas de la Segarra catalana, en el pueblecito o lugar de Portell, provincia de Lérida y Abadí­a de Solsona, más tarde elevada a obispado.

Descendí­a de padres nobles y virtuosos, emparentados con las ilustres familias de Fox y de Cardona. No conoció las caricias de su madre, pues ésta murió antes de venir él al mundo, y nació Ramón a favor de una operación sobre el cuerpo ya muerto de su madre, por lo que se le llamó el nonato, o no nacido. Desde muy temprana edad fue devoto, humilde, manso, prudente, obediente a su padre, temeroso de Dios cuidadoso de su conciencia, limpio en los pensamientos, modesto en su porte, discreto en las palabras, ángel en las acciones y amado de cuantos le conocí­an.

Proyectó su padre darle una carrera civil, y lo mandó a Barcelona para que aprendiese las primeras letras. Aquí­ conoció la buena fama del comerciante Pedro Nolasco, cuya amistad cultivó, y dio muestras de inclinarse al estado eclesiástico, razón por la cual su padre le hizo volver a Portell y lo puso al cuidado de unas fincas patrimoniales.

Mientras Ramón pastoreaba sus rebaños por la seca y áspera Segarra, va encendiéndose en él una luz, una antorcha, una hoguera. El zagal catalán supervive hoy en la historia, en el arte, en la poesí­a, en el folklore, y, lo que vale más, en el Santoral, que para nosotros, hijos de la Iglesia católica, significa tener un puesto al lado de Dios en el cielo.

En las faenas del campo goza del contacto de la naturaleza, siente con más fuerza la llamada interior, habla sin cesar con Dios, y siente crecer en su corazón un amor filial grandí­simo por la Virgen Marí­a. Las gentes le llamarán muy pronto el “hijo de Marí­a”.

Solí­a guiar su rebaño hacia una ermita de San Nicolás, en que se veneraba una imagen de Marí­a y, mientras el ganado pací­a, él se acercaba a la Virgen, y daba rienda suelta a su espí­ritu en la oración. Ya no estaba huérfano. habí­a encontrado en ella a una madre. La dulce ermita era su centro, su retiro y su alegrí­a.

Pero el demonio, que todo lo enreda, suscitó envidias en otros zagales y pastorcillos, quienes acusaron a Ramón, y dijeron a su padre que abandonaba el rebaño por sus oraciones. Trató el padre de averiguar la verdad y buscó a su hijo en la ermita. Allí­ estaba pero, ¿quién era aquel mancebo que cuidaba de las ovejas?

Se dio cuenta de que el cielo acudí­a en favor de Ramón, enviando un ángel para ayudarle, y nunca más volvió a intervenir en lo que a Dios estaba reservado. Pocos dí­as después la misma Santí­sima Virgen comunicarí­a al joven pastor su deseo de que ingresase como religioso en la Orden de la Merced, recién fundada en Barcelona, para la redención de cautivos.

Con su ida a Barcelona, Ramón se puso en manos de San Pedro Nolasco, el fundador de la Merced. Quemando etapas, y creciendo siempre en el gozo perenne de la virtud, cumplió el año del noviciado, hizo solemne profesión y recibió las sagradas órdenes. La presencia del joven fraile en el hospital de Santa Eulalia barcelonés dilataba su fama entre propios y extraños.

La caridad de Cristo le urgí­a, los dolores del prójimo le conmoví­an y la redención de los cautivos le atraí­a. Deseaba de veras pasar al África para poner en práctica el cuarto voto mercedario de la redención. Con este deseo iba unido un afán de coadyuvar a la salvación de miles de almas, peligrosamente cercadas de enemigos en la esclavitud, en las mazmorras, en los zocos de venta africanos. Más aún, deseaba ardientemente el martirio.

Designado por sus superiores para ir en redención, la alegrí­a de padecer por Cristo le enajenaba. La Virgen le dijo: como mi Hijo se sacrificó en la cruz, así­ tú has de moler el grano de tu cuerpo en el suplicio y en el dolor, y como es alimento y sostén en la Eucaristí­a, tú lo serás también de tus hermanos.

Y Ramón predicó a los cautivos, los fortaleció en la fe, los consoló en los trabajos y exhortó a la paciencia. Serví­a a los enfermos, y curó a muchos de ellos. Cuando la limosna de la redención no bastó, él mismo se quedó en rehenes. Esto le dio ocasión de tratar con moros y judí­os, de enseñarles la fe católica, de impugnar los errores de Mahoma y de atraerlos con santas y eficaces razones.

Tal tempestad levantó con su predicación, que lo encarcelaron, lo apalearon y, para que no volviese a hablar, le cerraron los labios con un candado, por espacio de ocho meses. La Virgen, que le habí­a asociado a Jesucristo en la tarea de redimir y salvar a sus hermanos los esclavos, no le dejó sólo en este martirio, sino que le acudí­a y consolaba.

Mientras tanto, llegó el dinero de su rescate, y fue puesto en libertad. Se embarcó para España y desembarcó en Barcelona, donde se le hizo un recibimiento apoteósico, como a un héroe triunfal. Pero él, desoyendo palmas, cantos y parabienes, corrió al sagrario de su convento a echarse a los pies de Jesús.

La noticia de su caridad, de sus apologéticas, de su labor redentora y de su martirio, llegó a conocimiento del papa Gregorio IX, quien le creó cardenal de la Santa Iglesia Romana, con el tí­tulo de San Eustaquio, premiando de ese modo sus excelentes virtudes y honrando el Colegio Apostólico con la juventud santificada del eminente mercedario.

San Ramón Nonato, el “hijo de Marí­a”, y mártir de la caridad, fue un reflejo de Dios, como debe serlo toda criatura. Buscó a su Amado con el ansia que la Esposa de los Cantares poní­a en hallar al que amaba su corazón. Esta unión con Dios se efectuó intensamente por la Eucaristí­a. Pertenece al número de los “grandes amadores” del sacramento del Amor.

¿Quién no ha visto una y mil veces, en ermitas y catedrales, la imagen de San Ramón, irguiendo en la diestra mano la custodia, sí­mbolo de su amor eucarí­stico? Su actitud es una profesión de fe, una afirmación teológica; es una mano que avanza, como la proa de un barco que cortase aguas de incredulidad; es la posición de un santo que nos muestra al Cordero de Dios y nos dice: he aquí­ el pan de los ángeles.

Cuando en agosto de 1240 se dirigí­a nuestro Santo a Roma, llamado por Gregorio IX, pasó por Cardona, para despedirse del vizconde Ramón VI, de quien era confesor. Aquí­ le salteó la muerte. Pidió el santo viático y, no habiendo quien se lo administrase, ¡oh dignación de Dios con sus criaturas!” el mismo Jesucristo, con larga corte de ángeles, se le dio en comunión. No fue él quien recostó su cabeza sobre el pecho del Maestro, sino que se le metió dentro, como señal de santidad y eterna predestinación.

Tanto los señores de Cardona, como los frailes de la Merced, contendieron sobre los restos mortales del Santo. En vista de que no se poní­an de acuerdo, determinaron someterse a un arbitrio providencial: cual fue cargar el santo cuerpo sobre una mula ciega, a, fin de que fuese sepultado en el lugar en que ésta parase. Ejecutándolo así­, el animal guió sus pasos a la ermita de San Nicolás de Portell, en donde los sagrados restos fueron depositados y venerados hasta la revolución de 1936, en que las hordas rojas los hicieron desaparecer.

Al volver a la ermita, volví­a al regazo de la Virgen, después de dar al mundo un pregón de amores: mariano, eucarí­stico y mercedario. Desde Portell su fama creció y por su intercesión se obraron milagros, La Orden de la Merced urgió su veneración en los altares, y la Santidad de Urbano VIII aprobó su culto inmemorial a 9 de mayo de 1626.

Contra la mentira pagana de un vivir materialista y fofo, se levanta la verdad alta y divina de la vida, santidad y milagros de San Ramón, flor amable del santoral mercedario y gloria auténtica del jardí­n de la Iglesia católica. Al correr de los siglos, su figura fue exaltada por la devoción de los fieles, por las letras y por las artes. Las fiestas que aún hoy se celebran en su ermita de Portell concentran ingentes muchedumbres, no sólo de los habitantes de la Segarra, sino de toda Cataluña.

Se cuenta entre la media docena de santos populares, cuya efigie suele encontrarse en casi todas las iglesias españolas e iberoamericanas. Abundan sus cofradí­as, y uno de los tí­tulos que más popularidad le granjeó fue el de ser el abogado de las mujeres parturientas, en recuerdo de su especial nacimiento. También figura como patrono de las obras eucarí­sticas.

GUMERSINDO PLACER, O. DE M.